Conocida como militante anti-playista entre mis amigos, bajo el pretexto de celebrar juntos el cumpleaños de un amigo, y la presión moral que eso me imponía, consentí acompañar al partido playista a una, según sus portadores de voz, “bonita y despojada playa de pueblo”, con un chiringuito cerca, a donde me podría escapar cuando ya sentiría el aturdimiento del sofocante calor de playa. Sin embargo, al llegar a nuestro destino, me encontré en un área rodeado de cuerpos desnudos y rojizos, que se freían en el incesante sol. El partido playista, con un guiño malvado, me señaló las reglas de aquel nefasto lugar, como se proclamaban en un gran cartel: “Prohibido llevar ropa en éste área.”

Si para mí ya únicamente el pensamiento de ir a la playa me generaba un agobio y rechazo fundamental, la idea de ir a una playa nudista para mí era básicamente inimaginable, y representaba el peor de los casos posibles. Sin embargo, de repente me encontré en territorio enemigo, y aunque bajo mucha protesta, bajé las armas y cedí a las estrictas reglas de la playa: me desvestí. Después de algunos minutos altamente agobiantes, empecé a relajarme. Y repentinamente, me dí cuenta de lo bello y tranquilo que era éste lugar. Ni en mis más alentadoras fantasías sobre la vida de un nudista me podía imaginar que serían tan tranquilos y relajados. Al no haber chiringuitos, el ambiente no estaba imbuido del tormentoso sonido de “Café del Mar”, ni del mal rollo de borrachos pesados. Y nadie se nos acercó para vendernos algo. Inclusive los niños normalmente completamente gritones y alterados por estar en la playa, construían sus castillos de arena con la serenidad de un buda.
Aún no me considero convertida al playerismo, ¡pero qué sorpresa me llevé aquel día!
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