Probablemente Britney Spears desearía que algún día, al revisar el lado más comercial de la cultura de masas de la primera década del siglo XXI las enciclopedias considerarán su enigmática figura como el eslabón perdido entre Madonna y Lady Gaga. Así como la primera mitad de los años noventa del siglo veinte fueron testigos del extraño fenómeno por el cual, liderados en un principio por Nirvana, una serie de grupos procedentes de la escena musical alternativa independiente llegaron a dominar las listas de éxitos, el desencanto posterior, cuyo inicio fue de alguna manera trágicamente escenificado por el suicidio de Kurt Cobain, fue tan grande que quedó un inmenso vacío rápidamente llenado por un tipo de música y cultura radicalmente distintas que, sin embargo, parecían infinitamente más sinceras y apropiadas en su alarmante vacuidad de contenidos y formas.

Pues la sensación de impostura y utilización por parte de los resortes mas siniestramente eficaces de la sociedad del espectáculo, es algo que sintieron agudamente grupos como los mencionados Nirvana, Pulp (cuyas corrosivas, cáusticas y subversivas letras y puesta en escena eran de repente coreadas en el Reino Unido por cientos de miles de adolescentes pijos y reaccionarios convirtiéndolas, al igual que había pasado con Blur, en bandera de un nuevo patriotismo exaltado y ebrio de cerveza y drogas de diseño) o Radiohead (embarcados en la creación de discos cada vez más oscuros y difícilmente penetrables que les ayudaran a sacudirse el lastre de los millones de nuevos seguidores conseguidos incomprensiblemente gracias al melancólico y desesperado existencialismo futurista de O.K. Computer), por mencionar tan solo unos pocos nombres representativos.
La angustia, la ira, la marginalidad, el existencialismo, la sedición, la vanguardia, incluso un cierto situacionismo, fueron cooptados y convertidos inmediatamente en productos de venta masiva, generándose una profusión inane de bandas que se vendían conforme a las nuevas y huecas etiquetas. Coincidiendo con un ascenso vertiginoso de la ideología de derechas el camino había sido convenientemente trillado para el triunfo comercial de propuestas descafeinadas y carentes de todo filo, se llamaran Coldplay (en el campo de la música con ciertas pretensiones) o Britney Spears, convertida antes incluso de alcanzar la mayoría de edad, en la más rutilante y exitosa de las estrellas mediáticas.
Pese a sus convencidas legiones de detractores hay algo fascinante en Britney Spears—que actuará en el Pabellón Atántico de Lisboa el nueve de noviembre (http://www.pavilhaoatlantico.pt/vPT/Agenda/Agenda/Pages/evento.aspx?eventoID=1179)– desde el principio. Sin poseer un cuerpo convencionalmente sexy, ni lucir un rostro hermoso, ni tener grandes canciones, ni cantar convincentemente (en la mayoría de sus conciertos su voz robotizada y sin alma es fruto del play-back), ni hacer avanzar las fronteras morales de lo permisible (son célebres sus declaraciones relativas a su deseo de llegar virgen al matrimonio) y pese a seguir haciendo a sus 29 años básicamente la misma música insustancial de adolescente sin mundo interior, sus ventas continúan siendo estratosféricas y no paran de batir récords.
Hay algo sin duda inexplicable y difícilmente definible que la convierte en uno de los máximos iconos de nuestra época, algo que de alguna manera tiene tal vez que ver con su idoneidad para convertirse en símbolo representativo de los valores dominantes en Occidente durante la última década. Tal vez le apetezca, si alquila apartamentos en Lisboa en noviembre, indagar personalmente en este asombroso misterio




Nancy Guzman

Candela Vizcaíno

Traducidos por: Heloise Battista








