De todas las ciudades de Europa ninguna puede aspirar a la condición de capital de la melancolía con más argumentos que Lisboa, ciudad triste por excelencia que se asoma cotidianamente al fin del mundo desde su imperturbable, lenta e inquietante belleza. Hoy en día resulta de alguna manera limitado hablar de melancolía. Según algunos diccionarios, se trataría de una suerte de tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente que hace que quien la sufre no encuentre gusto ni diversión en nada, o una monomanía en la que dominan las afecciones morales tristes, confirmando con tan parcas definiciones la gigantesca merma del tesoro lingüístico empleado por Robert Burton para hablar de ella en la primera mitad del siglo XVII, así como su gradual confinamiento a partir del siglo XIX a un dominio médico donde vendría a ser sinónimo de depresión clínica.

Burton fue un modesto profesor y bibliotecario del Chirst College de Oxford que pasó su sedentaria, silenciosa y solitaria vida de letraherido dedicado al estudio de la magia, la medicina, la teología, las matemáticas, la astrología y la literatura. Como una parte considerable de sus coetáneos, sufrió de melancolía, que dentro de la teoría de los humores de Galeno (según la cual cada humor natural esta bajo el ascendente de un misterioso planeta), él atribuía principalmente a un predominio de la bilis negra o atrabilis, regida por Saturno. Burton, sin embargo, postula la existencia de muy variados tipos de melancolía, cada una de las cuales se expresa de formas diversas que pueden llegar a ser antitéticas. También sus causas son muy variadas, desde la religión al amor pasando, entre muchísimas otras, por el deseo, los hechizos y encantamientos, una imaginación demasiado viva, la posición y movimiento de los astros, la soledad, la indolencia, el trabajo, la falta o exceso de sueño, el exceso de estudio, la vanidad, la muerte de un ser querido o una mala dieta.
Burton diseccionó todas estas causas en uno de los libros más vibrantes y memorables jamás escritos, Anatomía de la melancolía, un tratado fabuloso, caótico e incoherente que, en forma de una fiesta fastuosa donde brilla todo el lujo del lenguaje desafía todos los géneros siendo a la vez un libro de crítica y creación literaria, de medicina y de filosofía, de teología y mitología, así como un seductor y fascinante compendio de citas y sabiduría antigua que por medio de deliciosas digresiones consigue deleitar al lector en cada página, en cada párrafo, en cada línea.
Es quizás también, sobre todo, como todos los buenos libros, un libro de autoayuda. El propio Burton confiesa que lo escribió a fin de encontrar una cura para la afección que lo torturaba de continuo (“escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía”) y Samuel Johnson, compilador del imponente y enormemente influyente diccionario de la lengua inglesa aparecido en 1755, que sufría angustiosamente de una condición depresiva heredada de su padre, afirmó hallar un consuelo incomparable en su lectura, declarándolo el único libro capaz de sacarle de la cama dos horas antes de la hora a la que deseaba levantarse.
Paul Oilzum
Encontrará pocas lecturas más apropiadas para viajar con usted cuando alquile alojamiento en Lisboa Su interminable melancolía se parece a la de la capital portuguesa. Ambas inspiran, maravillan y, paradójicamente, curan.

Nancy Guzman
Luz Obscura
Miruton


Ara

Traducidos por: Maria






